
Nómada, de
Juan de Dios García (Cartagena, 1975), es una colección de cincuenta poemas, cincuenta postales en verso (tal como él mismo dice) que tienen como punto de fuga, sobre todo, el nomadismo interior. Por supuesto que encontramos ciudades, libros y otros espacios nuevos, pero Juan de Dios extrae de ellos el movimiento, la emoción, la experiencia, el mecanismo de las cosas y, por encima de todo, del ser humano. Porque al autor de
Nómada le fascina este último género, y este libro es sobre todo un viaje al centro de las preguntas del hombre: primeros síntomas del explorador y de creer en algo más, algo que merezca la pena.
Recapitulemos lo dicho con ejemplos. El primer poema,
Carta de despedida, es un bellísimo acierto; el joven que no escribe, que "quería ser como una raíz que crece en el aire", dice adiós para comenzar el viaje de poeta e irse a vivir dentro del libro que construya. El poema de la página 14 es un buen ejemplo del movimiento antes mencionado, a pesar de saber nuestro último destino, "la vida nos invita a seguir buscando, / a empujar los límites, a desear la rosa / aunque después nos diga que sólo hay cipreses, / ramas secas listas para la llama". Y en
Metamorfosis asistimos a una sabia concentración de toda la filosofía del libro en tan sólo tres versos: "Esta fruta no viene del árbol / sino a través del árbol. / Es un largo viaje". Y el poeta sigue tomando nota.
Otra vertiente del poemario, decía, era la de la experiencia (otra forma de viajar), que generalmente se presenta aquí, o bien como una oportunidad de asumir ciertas derrotas y aprender la lección con su lado positivo, o bien como la celebración de la vida y sus pequeños detalles. El hedonismo de marfil del poema de la página 32 es la cima de la belleza, la contemplación de
Jardín se sumerge en varias capas de existencia animal, vegetal y universal, en
La cama una clarividente percepción del significado de existir: "Descubro que todo es transición, / que el hombre / es un lazo de cristal / en el tiempo". En este poema, como en todo el libro, Juan de Dios acepta las condiciones e intenta seguir coleccionando aprendizajes para vivir desde la mayor libertad de conocimiento.
Muchas más cosas pueden decirse de este poemario, pero mi intención aquí nunca es escribir crítica sino simples reseñas de libros cercanos, y éste lo es por muchos motivos, por su transparencia, por su gran honestidad (es siempre de agradecer), por la envidia sana que me produce su espíritu
parkour, por la amistad que me une con Juande. En fin, yo tengo un truco: si después de terminar un libro siento ganas de abrazar a su autor, es que me ha tocado la fibra sensible. Añado tres poemas representativos de todo lo que he dicho, para que quien lo lea ponga en marcha dicho truco.
El primero de los tres, su propio título lo explica todo. No tengo nada que decir que no haya dicho antes.
MOVIMIENTOSalimos del cine. Sonrisa. Beso.La noche, el frío y la lluvia proponenun camino divertido y torpe hastanuestro café. Hablamos de la películade Rohmer, de futurosviajes, Europa siempre.Me llevas al salóncon una suave cintanegra en los ojos. Corresel telón y descubrestu piano, Para Elisa.Luego me dices por primera vez:“Los poetas hablan siempre de sí mismos”.Siento ahora que no hay ciencia limitada,siento que estoy amándote.Ahora un divertido poema con más miga de la que parece y una atmósfera
erasmus; hasta pueden sentirse las converse. Que nadie se pierda el final sin cerrar los ojos.
ESTUDIANTES EN LIMERICK (HORA FELIZ)No estoy seguro, pero creo que Suzanne acaba de hacerme un guiño. Alguien ha subido a hablar con el chico que pone discos. La pareja de la mesa cinco se está investigando el alma con cruces en los ojos. De pronto, una convocatoria. El grupo de pelirrojos, con aspavientos, advierte a la amiga japonesa de la entrada. Los tahúres del fondo oscuro abandonan la partida, Karl empuja, Paola me socorre. Duendes violines anuncian la hora desde las tablas y el dipsómano del rincón dibuja una mueca triunfal, pero un ejército borracho le adelanta la intención. La música dirige esta aventura de tomar posiciones. La familia Teskey, casi al completo, sirve a la multitud, se tropieza, aunque agita también las botas, ritma el desorden. Antoine, el becario de Lyon, curva la mirada beoda hacia nosotros, los españoles que gritan, su gesto derrapa entre el desprecio y la envidia. Cuánta energía sobre añicos de jarras que marcan la madera con el baile. Si miras hacia abajo nuestras suelas irán describiendo una geografía salvaje. Las tabernas son como mapas del mundo. La cerveza que pides, tu carta de navegación.
Y por último un poema cuyo endecasílabo del séptimo verso, por cierto, ha sido aprovechado por el grupo Profesor Popsnuggle para dar nombre a su último disco, El fin de las colonias africanas. Una despedida lenta del corazón de las tinieblas. Analgesia. Adiós al dolor…
ADIÓS AL SEÑOR KURTZ
El fuego al aire libre,
una tarde tranquila. Suenan guitarras dulces,
sin instrucciones, sólo deleitando.
No nos interesa el color del cielo,
tampoco sostener conversación.
Muy poco sitio para el odio aquí, en Sidi,
el fin de las colonias africanas.
Mantén viva esta ilusión de paraíso
todo el tiempo que puedas.
Dale la autoridad que se merece
al comportamiento inútil del péndulo.
No importa recordártelo de nuevo:
para vivir alegre, intuir la mentira
de las ideologías, moldear la realidad
con los sueños, hacer un barrido de estrellas.
No rechaces a Dios, hazlo literatura.